Prosa
aprisa
Bimbo ya nos
traspasa su pago de impuestos
Arturo Reyes Isidoro
Decía yo el miércoles sobre la
reacción de los empresarios ante la Reforma Hacendaria que no sé por qué se
quejan si, finalmente y como siempre, ellos nunca pierden y cualquier costo
extra que les cobra el gobierno nos lo pasan a los consumidores.
En realidad, los que debieran
protestar porque Peña Nieto les quiere cobrar más a los que más tienen deberían
ser los pobres, porque ellos, al final, serán los paganos, agregué.
Apunté que si se aprueba la
reforma en el sentido en que se pretende, apenas entre en vigor, el porcentaje
de diferencia lo habremos de pagar nosotros con alza en el precio de la
tortilla, de la leche, del transporte, del huevo, etcétera, etcétera, etcétera.
No lo dije porque se me ocurriera
sino porque la experiencia nos ha enseñado que así es. Comprobadísimo.
El lunes 2 de septiembre, seis
días antes de que el secretario de Hacienda Luis Videgaray entregara el paquete
de la reforma al Congreso de la Unión, la empresa Bimbo se adelantó a cobrarnos
el primer ajuste aumentando el precio de sus productos.
La empresa de la familia Servitje,
que presume que por 13 años consecutivos ha recibido el Distintivo Empresa
Socialmente Responsable, incrementó sus precios entre 50 centavos y 3 pesos en
más de 50 productos de sus marcas Bimbo, Marinela, Tía Rosa, Lara y Suandy.
El pan blanco grande, tal vez el
que más se consume, el pan integral grande, los colchones, las donas, las
rebanadas de pan tostado (también de mucho consumo), el paquete de pan tostado,
el pan molido, las barritas, pingüinos, las galletas príncipe y las canelitas
cuestan a partir de esa fecha un peso más.
De acuerdo con la lista de
precios que se les entregó a las misceláneas, las galletas de tubos de Marinela
y las suavicremas familiares pasaron de 12 a 15 pesos al menudeo, mientras que
las galletas Lara, en su presentación de animalitos karamelo, subieron de 8 a
11 pesos.
Entre los productos que pasaron
de 10 a 12 pesos están las mantecadas de vainilla, mientras que las Tortillinas
Tía Rosa, en presentación de 20 piezas, subieron de 20 a 22 pesos.
Digo que la empresa se adelantó a
cobrarnos el primer ajuste, aunque cabe aclarar que es el primero para
enfrentar el aumento de impuestos por parte del Gobierno, porque en enero
realizó su primera alza de precios en el año y en marzo volvió a atorar a los
consumidores.
Sobre este último incremento,
Marisol Huerta, analista de Banorte-Ixe Casa de Bolsa, de acuerdo a una nota de
El Financiero, explicó que el aumento
de precios “podría ser una estrategia para enfrentar un posible incremento en
los impuestos para alimentos”. Yo creo que no “podría ser”, yo creo que es y ya
la aplicó.
No se debe pasar por alto que ese
incremento se dio antes de que se presentara la reforma y que aunque ya se
desechó aumentar el IVA en alimentos y medicinas, Bimbo de todos modos se
protegió a costa de todos quienes consumimos algunos de sus productos.
La analista y experta del sector
alimentos y bebidas, dijo: “Si desde ahora empiezas a mover precios, al final
si tienes que hacer un ajuste fuerte no se ve tan alto para el consumidor”. O
sea, para que no nos duela tanto.
¿Ese hecho palpable deja alguna
duda sobre lo que afirmo? Pero el problema para los consumidores es de gran
dimensión, porque a ellos le acumulan sus pagos de impuestos todas las
empresas, con lo que se volatiliza su precario sueldo.
Cuando uno va a un restaurante,
los que lo podemos hacer todavía, desde hace tiempo hemos venido viendo como
los precios son los mismos o se han incrementado así sea ligeramente, y de
pilón las raciones cada vez son más chicas. Los empresarios no pierden, ellos
nunca pierden.
Pero, según el Gobierno, la
Reforma Hacendaria beneficia a la mayoría de la población, en especial a los
más pobres. ¿Usted lo cree?
El 13 de septiembre, pero de 1847
No es nada como para presumir, pero
el 13 de septiembre de 1847, un xalapeño, un veracruzano, el general Antonio
López de Santa Anna facilitó la toma del Colegio Militar ubicado en el Castillo
de Chapultepec.
Convenció a Nicolás Bravo, el
oficial defensor del baluarte, que los norteamericanos no atacarían, sino que
seguirían por otro camino, por lo cual dejó insuficientes fuerzas para su
protección.
Santa Anna había ofrecido su
colaboración al presidente norteamericano James Polk a cambio de su apoyo para
que pudiera regresar de La Habana, donde se había exiliado, al país con el
propósito de ocupar nuevamente la Presidencia.
El episodio de Juan Escutia, que
se arroja con la bandera nacional envuelta para que no cayera en manos
invasoras, es un mito. Escutia no era cadete, llegó al lugar a sumarse a los
cadetes y por eso no estaba registrado en la lista de los jóvenes militares.
Fueron los soldados yanquis
quienes en realidad arriaron la bandera mexicana que ondeaba en el Castillo de
Chapultepec, que fue doblada debidamente por los norteamericanos y entregada a
sus superiores (estuvo en West Point hasta 1978).
Uno de los “niños héroes” fue
Miguel Miramón, a quien salvó un oficial invasor. No se le recuerda como tal porque
luego apoyó a Maximiliano y cayó fusilado con él en el Cerro de las Campanas,
en Querétaro.
Irónicamente, fue Miramón quien
inauguró la ceremonia en honor a sus compañeros caídos en la batalla al
depositar flores en la tumba común en donde yacían sus cuerpos, poco después de
la guerra con Estados Unidos.
Contrario a la determinación de
los cadetes, varios oficiales del Colegio Militar, incluyendo a su director, al
médico y al capellán, inventaron raras enfermedades para excusarse y no
presentarse el día de la batalla. Irónicamente, luego recibieron medallas y
condecoraciones por “su valor”.
Quien se quedó al frente de
algunos cadetes fue el capitán Domingo Alvarado, de 22 años, a quien, sin
embargo, lo opacó la historia oficial.
Agustín Melgar era ex cadete pues
lo habían expulsado por indisciplina, pero se presentó voluntariamente a
defender el baluarte.
Varios ciudadanos que deseaban
ayudar solicitaron armas. El general presidente Santa Anna los ignoró.
Esto y más, mucho más, lo
registra José Antonio Crespo, doctor en Historia por la Universidad
Iberoamericana, profesor e investigador en el Centro de Investigación y
Docencia Económicas (CIDE), colaborador de los principales diarios de la Ciudad
de México y comentarista de radio y televisión, en su libro Contra la historia oficial, que vale la
pena leer.
Ese libro de Grijalbo, que recién
se reeditó con el sello de la revista Proceso,
rescata episodios y sucesos distorsionados por la historia oficial. “Así, el
planteamiento principal de este libro es que, para la construcción de un país
más democrático y justo, hace falta una perspectiva de la historia que refleje
lo que hemos sido, y no lo que hubiéramos querido ser”. Se los recomiendo,
además de que se lee en forma muy amena, y nos abre más los ojos.
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