Prosa
aprisa
La lección
de Leñero
Arturo Reyes Isidoro
Por fin, luego de varios días de
lluvias sin cesar, el sol salió ayer por la mañana en Xalapa. Un sol ligero,
pero que templó buena parte del día. Llovió sólo un momento por la tarde. En
general fue un día de respiro en la capital del estado que, también, luego de
muchos días de bloqueos, por fin vio libre sus calles de manifestantes.
Lamentablemente, parece que este
gusto no nos ha de durar más que unas horas pues hoy docentes inconformes
vuelven a la carga, según tienen anunciada una gran movilización, y trastornarán
la vida de la ciudad, además que han pronosticado que las lluvias retornarán
con la cercanía de la nueva perturbación tropical que amenaza con convertirse
en huracán.
Del riesgo de quedarse varado en
algún punto por las movilizaciones de los manifestantes o de terminar empapados
por las lluvias, si no hay necesidad de salir, mejor quedarse encerrado.
Aprovecho para leer, y ahora rescato una lectura ilustrativa de cómo es posible
eludir y amortiguar, incluso sacar provecho periodístico, de la mejor forma, del
desdén o del amago del poder político sobre la prensa.
En su libro Sentimientos de culpa, Vicente Leñero, quien por muchos años fue subdirector
de Proceso desde su fundación en 1976,
publica una narración que titula “El día en que Carlos Salinas…”, que contiene
un hecho sucedido en la realidad y sobre lo que, en su momento, publicó una
crónica.
El también dramaturgo narra que
conoció a Salinas a principios de 1988 cuando ya era candidato presidencial del
PRI y Margarita González Gamio lo “entoriló” y lo trepó a un vehículo del
“señor Candidato”, saliendo del Centro de arte dramático de Héctor Azar.
Leñero señala que Salinas de
Gortari tenía una obsesión por Julio Scherer García, director de la revista.
“—¿Qué le pasa a Julio?” –cuenta que fue lo primero que le preguntó “al iniciar
una larga perorata contra la mala leche de Proceso,
contra los cartones de Naranjo, contra las cabezas de nuestras portadas…”.
Era más que evidente que le
irritaba la crítica periodística, como a todo político.
“—Hable con él –le dije”. Salinas
insistió: “—¿Qué le pasa?”. Leñero: “—Hable con él –insistí porque no
encontraba el modo de frenar su tono despectivo”.
En fin. Narra que Salinas lo
“amenazó” con seguir platicando con él “en estos días”, y que unas semanas
después “me invitaron –que de su parte– a acompañar al Candidato en una gira
por San Luis”.
El autor de Los periodistas, quien narra el golpe de Luis Echeverría a Excelsior, texto que se convirtió en la
historia oficial de aquél histórico hecho, escribe que aceptó “por la maldita
curiosidad de estar en una farsa de aquéllas”, y entonces sucedió algo
impensable que le podía suceder a la figura de un escritor, de un dramaturgo,
de un periodista de la talla de Leñero.
“… pero a unas cuantas horas de
mi llegada a San Luis, antes de asistir a la comida para invitados especiales,
antes de intercambiar palabra alguna con Salinas, un achichincle de la campaña
me montó en un autobús, me condujo al aeropuerto, y en un avión me regresaron a
México como persona non grata sin la
menor explicación”.
El escritor narra que “En lugar
de emberrincharme escribí en Proceso
una crónica del desaire, y al rato ahí estaba un tal Pedro Navarro, secretario
del secretario particular del Candidato, o no sé qué, telefoneándome para que
fuera a tomar un café con Salinas en su cuartel de Cracovia. La cita era para
ese día de madres –10 de mayo de 1988– a las dos pe eme”.
La historia continúa, el texto es
largo. Abreviando, ya en el café, Salinas aludió a la crónica del desaire, le
preguntó por qué la había escrito, le dijo que no había necesidad y le terminó
diciendo “la verdad” (la verdad de un político): “Todavía no sé por qué lo
regresaron. No sé qué pasó”.
Yo siempre he pensado como Leñero
y trato de actuar y de reaccionar como él lo hizo. No he estado exento del
desdén del poder, del amago, de la amenaza velada, de la represalia, pero en
lugar de reaccionar visceralmente, de quejarme, trato de hacer mi trabajo
periodístico lo mejor posible con lo que busco ponerme por encima de quienes,
cortos de mira, piensan que el poder es para siempre.
Leñero, con el paso del tiempo,
se ha agigantado. Ocupa ya un lugar privilegiado en la historia literaria de
México y del mundo de las letras, mientras que Salinas, una vez que dejó el
poder pagó en parte (los políticos luego pagan en abonos sus malas acciones,
hasta que se mueren) su borrachera y abuso del poder con el repudio popular que
hizo que incluso se exiliara por muchos años en el extranjero. La historia
todavía le cobrará cuentas.
Leñero, en lugar de
“emberrincharse” con el agravio de
Salinas, actuó como debe actuar un buen periodista: escribiendo una crónica de
lo sucedido. Ya lo registra: viendo que su grosería a una figura emblemática de
México le hizo lo que el viento a Juárez, Salinas se rindió y lo convocó de
nuevo.
Su forma de desquitarse, si es
que cabe hablar de un desquite, fue legándonos un texto que ahí ha quedado para
siempre, para que las generaciones futuras sepan que existió en el país y en
nuestra historia un político como Salinas, con todas sus miserias humanas; un
texto que da dimensión de lo que tuvo que aguantar y sufrir el país y con él
todos los mexicanos.
La caducidad del político siempre,
inevitablemente, va en proporción al derecho que se reserva y tiene siempre quien escribe de actuar en su
momento, llegado el momento, para desquitar el agravio sufrido y ajustar
cuentas con la mejor arma y el poder con que cuenta: el de la palabra. Todo es
cuestión de esperar, de dar tiempo al tiempo, como diría el inolvidable Renato
Leduc.
Sobre el clima en Xalapa, y creo
que en el resto del estado, pronostican lluvias para este jueves. Hay que
seguir leyendo, taza de café, buen café, fuerte, cargado, aromático, de por
medio.
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