Prosa aprisa
Peña no
piensa invitar a Duarte
Arturo Reyes Isidoro
Los dos últimos gobernadores de Veracruz que estando en funciones aspiraron
a ser llamados a colaborar con el presidente de la república en turno, Carlos
Salinas de Gortari, fueron Dante Delgado Rannauro y Fernando Gutiérrez Barrios.
El segundo lo logró, el primero no. Pero ellos tenían una gran motivación,
decisiva para su futuro político: ascender a otros niveles, estar en el centro
mismo de las Ligas Mayores de la política e incluso aspirar a la Presidencia de
la República, Gutiérrez Barrios con más posibilidades por su trayectoria, su
figura política y su participación en hechos que hoy son ya parte de la
historia de México.
Durante los dos años que estuvo en funciones, el Hombre Leyenda se dedicó a
hacer política, política y más política (su única obra material de importancia
fue la primera piedra que puso de lo que hoy es el Centro de Especialidades
Médicas de Xalapa), apoyado en un gran y excelente manejo de prensa que él
mismo procuraba con su don de gentes y caballeroso como era, cosa que logró a
tal grado que entre los periodistas de entonces se creó la imagen de haber sido
el mejor gobernador que ha habido en Veracruz (entonces no existía la internet
ni las redes sociales –empezaban a salir al mercado los primeros aparatos de
fax–, la televisión se concretaba al Canal 2 porque lo que es hoy el canal 13 de TV Azteca era
una empresa del gobierno muy limitada; estaba más desarrollada la radio pero en
los pocos noticiarios que había se concretaban a leer las notas de los medios
impresos). Era indudable que don Fernando trabaja para crearse, modelarse una
imagen que resultara atractiva e irresistible para el centro, que lo pintara
como un gran político, como el político que necesitaba México para conservar el
orden político y de seguridad del país, lo que logró con creces pues Salinas de
Gortari terminó invitándolo a hacerse cargo de la Secretaría de Gobernación,
una antesala natural a la Presidencia, aunque el peso político que logró merced
a su trabajo, a su experiencia, a sus relaciones dentro y fuera del país,
terminaron por hundirlo pues llegó el momento en que Salinas lo vio con recelo,
como un terrible contrapeso que ponía en peligro su proyecto político, el de
heredar a su sucesor.
Dante, quien había sucedido a Gutiérrez Barrios, hizo el gran trabajo que
había dejado pendiente don Fernando. Fue un gran constructor, pero para nada
dejó de hacer también política, política y más política con base en el gran
conocimiento que tenía –y que seguramente mantiene y que ha de ser ahora de un
gran apoyo para Andrés Manuel López Obrador– no solo de la geografía estatal
sino de sus actores políticos, pero más, de sus personajes del pueblo, pues su
paso por la entonces delegación de la Secretaría de Educación Pública
(prácticamente casi toda la estructura de lo que es hoy la Secretaría de
Educación de Veracruz, ya que el sistema estatal era muy pequeño) y por la
Secretaría de Gobierno le dieron la oportunidad de conocer a Chana y a Juana, a
Pedro y a Juan, pero también porque en sus desplazamientos por la entidad visitaba
a las familias en su hogar mismo y se metía hasta la cocina –literalmente– de
las casas más humildes y saludaba a todos los moradores ¡por su nombre!, por lo
que se convirtió en un gobernador muy querido y muy fuerte, políticamente
hablando (yo mismo lo comprobé con mi caso, pues fue el único gobernador que me
distinguió visitando mi modesta vivienda, pues cuando iba a o venía de la Casa
de Gobierno, muy cerca de donde vivo, de pronto hacía que se parara su
camioneta, se bajaba, se metía, saludaba a mi esposa, iba a saludar a mis
vecinos de al lado que tenían una verdulería y a los que encontrara a su paso; ha
sido el único que visitaba la escuela primaria de la colonia sin más preámbulos
y convivía con padres, niños y maestros; ha sido el único que periódicamente
invitaba a los vecinos a desayunar en la casa oficial; ha sido el único que
salía a festejar con los vecinos y a quebrar piñatas y a regalarles dulces a
los pequeños de la colonia; y testimonié su trabajo porque además en sus cuatro
años de gestión me invitó a viajar permanentemente con él, como reportero, no
obstante que era yo de un semanario y no de un diario, fuera a donde fuera), de
modo que a punto de concluir su cuatrienio se sintió seguro y merecedor de que
Salinas lo aprovecharía. Pero los ecos de los rumores, de los comentarios, le
llegaron a éste y un buen día vino y en una gira de trabajo, en un acto en
Zentla, una tarde soleada y calurosa, en su discurso dijo que Dante terminaría
su gestión “a tambor batiente”, con lo que acabó con la pretensión.
Hoy, que yo haya escuchado que lo dijo o que sepa que desde adentro de su
gobierno se alimenta la versión de que Javier Duarte de Ochoa desearía que
Enrique Peña Nieto lo incorporara a su gabinete si gana, no tengo ninguna
noticia. Creo que la especie ha surgido de la comentocracia, de quienes creen
sinceramente –o que lo dicen porque no lo quieren– que lo llamarían porque su
gestión no es buena y que el copetudo desearía poner a otra persona –así lo he
leído en algunos espacios– para tomar el control de Veracruz. Pienso que Duarte
(sinceramente no sé con exactitud qué piensa al respecto, pues él no es muy proclive a la cercanía con
la prensa, y en mí caso solamente me invitó una vez a la Casa de Gobierno a una
cena-charla el año pasado y recientemente apenas días atrás se tomó la molestia
de llamarme por teléfono para expresarme sus respetos y consideración a mi
persona y por lo que escribo, lo que aprovechamos para breves comentarios) no
tendría motivos para querer irse cuando su gestión es nueva, cuando está ante
una gran oportunidad política que se llama Veracruz, cuando no es lo mismo ser
cola de león que cabeza de ratón, cuando de jefe de la estatura de ser
gobernador pasaría a ser un empleado del presidente y cuando seguramente, por
su escasa trayectoria hasta ahora y por sus pocos méritos todavía, por el
momento no piensa en ser presidente de México, que sería lo único que tendría como
poderoso motivo para querer irse al altiplano.
De todos modos, Peña Nieto ha dejado ya las cosas muy en claro. En una
nueva entrevista a Elia Melchi Reyes, del diario porteño Notiver, publicada el sábado pasado, cuando la reportera le
preguntó al mexiquense: “¿Invitaría al gobernador Duarte a su gabinete?”, le
respondió: “El señor gobernador nos va a ayudar desde su estado de Veracruz’’.
Elia aclaró que luego, el copetudo le mandó a pedir, a través de la alcaldesa
de Veracruz, Carolina Gudiño, que eso no lo publicara “porque dejaba la esperanza
para los veracruzanos” de que alguien más podría ir a su gabinete, ¿quién? De
todos modos, la periodista escribió: “Cuando Peña Nieto respondió, Duarte puso
cara de tristeza”. Pero para efectos prácticos políticos inmediatos, en el
supuesto de que el mexiquense gane el próximo domingo, Elia le hizo otra
pregunta al del copete: “¿Qué esperamos en
Veracruz?”. La respuesta: “Haber hecho un compromiso realmente de hacer equipo
con el gobernador del estado, de apoyar la gestión de su gobierno y
comprometerse con más recursos y mayor inversión para impulsar el progreso de
Veracruz”. O sea, Javier Duarte de Ochoa, por lo pronto, ha recibido ya el
respaldo del que podría ser el futuro presidente y todo indica que le irá bien
si gana el priista, y con él a Veracruz y a los veracruzanos (se supone, cabe
esperar).
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