Prosa aprisa
El nuevo cuarto poder
Arturo Reyes Isidoro
El viernes, con la etiqueta de
“colaborador invitado”, en el diario Reforma
se publicó un artículo de Eduardo Guerrero Gutiérrez, experto en temas de
seguridad, transparencia, acceso a la información y profesionalización del
servicio público, colaboración que, algo poco usual en México dado que ya no
tenía la característica de la novedad, de la primicia, reprodujo el semanario Proceso en su edición de ayer domingo.
¿Qué llevó a la publicación del
periodista Julio Scherer a retomar el trabajo de Guerrero Gutiérrez? Sin duda,
creo, la novedad, el enfoque del tema, el planteamiento de que en México hay un
nuevo detentador del cuarto poder: el crimen organizado.
El concepto cuarto poder nació en
Inglaterra en el siglo XVIII merced a que ahí se dio el primer sistema
informativo liberal, derivado, a su vez, del modelo político
liberal-parlamentario que eliminó la censura, concepto que concretamente se
atribuye al intelectual irlandés Edmund Burke.
En efecto, durante mucho tiempo
la prensa ha jugado un papel preponderante en la toma de decisiones del poder
público, cuando el periodismo se ha ejercido con plena libertad y
profesionalismo, papel que siempre ha estado en riesgo y que en muchos casos ha
venido perdiendo; en riesgo por el amago, siempre, del poder político, de
cooptarlo; luego, por la creciente fuerza del poder económico, concretamente de
los empresarios, quienes desde la segunda mitad del siglo pasado empezaron a
imponer su criterio sobre los contenidos a condición de no ordenar y no pagar
publicidad de no atendérseles, lo que llevó un día al maestro José Muñoz Cota a
proclamar que el cuarto poder en el país ya lo constituían los anunciantes; pero
ahora la nueva realidad ha terminado por imponerse y, en los hechos, ese poder
lo detenta ya la delincuencia organizada.
Guerrero Gutiérrez, en su
artículo que titula “El nuevo cuarto poder”, hace un recuento general de los
ataques cometidos últimamente contra medios informativos del noreste del país,
pero no deja de incluir el que sufrió en noviembre de 2011 El Buen Tono, de Córdoba, así como las ejecuciones de periodistas,
incluidas también las que ha habido en el estado.
Pregunta por qué el crimen
organizado habría de emprender una campaña de agresión sistemática contra los
medios de comunicación. Para él, ante el
combate en su contra por parte del gobierno federal, es prioritario, para un
grupo delincuencial en especial, evitar la divulgación de información que tenga
uno o más de los siguientes tres efectos: que debilite la percepción pública de
que son una organización unidad y poderosa; que exacerbe su reputación de grupo
armado proclive a la violencia extrema e indiscriminada, o que revele los nexos
que mantiene con extensas redes de funcionarios gubernamentales para dar vida a
redituables giros ilícitos.
Sobre esto último, argumenta que
los delincuentes son particularmente vulnerables a la divulgación de
información sobre sus operaciones, ya que obtienen una parte sustancial de sus
rentas de delitos en el ámbito doméstico, como la extorsión, el secuestro y el
robo de combustible, actividades que, señala, requieren en mayor medida de
colusión de autoridades y de otros actores en sectores formales de la economía.
Su conclusión es que mediante sus acciones violentes e intimidatorias, estos
grupo0s son o están por convertirse en el nuevo cuarto poder en varios estados
del país.
En Veracruz, muchos compañeros reporteros,
en especial los policiacos, pagaron con su vida el ejercicio de su actividad
profesional, es de suponerse que por la divulgación de información que afectaba
intereses delincuenciales y de sus cómplices y no necesariamente porque
estuvieran coludidos con nadie; otros han tenido que emigrar para salvar la
vida; algunos más son objeto de amenazas y trabajan y viven con temor, y ya una
buena parte de medios de plano dejaron de publicar información policiaca, la
llamada nota roja, en una clara demostración de que, en efecto, como sostiene
Eduardo Guerrero Gutiérrez, los detentadores del cuarto poder no son los
periodistas, los editores, los reporteros, sino los grupos delincuenciales,
quienes imponen qué debe o no publicarse.
En general, ese es el panorama de
la nueva realidad a la que se enfrenta la prensa también en Veracruz, enmarcado
en lo que plantea el especialista Guerrero Gutiérrez, nueva realidad que llevó
a que el pasado 7 de junio se anunciara la creación de una Comisión Estatal
para la Atención y Protección de los Periodistas, sin duda algo que refleja una
buena intención oficial. Sin embargo, a juicio mío, eso no resolverá el grave
problema de inseguridad que asecha a un importante sector del periodismo
veracruzano.
Para ayudar a elaborar el
proyecto respectivo se creó, incluso, una comisión técnica a la que tal
pareciera que no le interesa la suerte de nuestros compañeros pues mañana hará
dos meses de su creación y es la hora que no tiene nada concreto, nada lo que
se dice nada, salvo el anuncio de su secretaria técnica, Namiko Matzumoto, de
que durante este y el próximo mes sostendrá reuniones con los compañeros de las
distintas regiones del estado para dialogar, escucharlos, recoger sus
inquietudes “y prestar atención a las recomendaciones que hagan” para
“fortalecer el marco legal y operativo” de la citada Comisión Estatal.
Creo recoger la percepción
general de mis compañeros de que se esperaba que dicha persona, de quien se ha
destacado su calidad de académica, nos traería, de entrada, un planteamiento
novedoso, de prontitud y efectivo (al principio se dijo que no actuaba porque
tomaba un curso en el extranjero, lo que hizo crecer nuestras expectativas) que
sirviera de base para el arranque, y ahora resulta que apenas va a recorrer el
estado para ver de qué se trata el asunto. Salvados estamos.
Un miembro de la citada comisión
técnica se ha quejado de que casi no se han reunido porque no se les ha
convocado y que las contadas veces que se vieron fue puro papel, pura teoría;
que, en efecto, van muy lentos, a paso de tortuga. Extraña que habiendo
periodistas en la referida comisión, con muchos años de experiencia y de
vivencias en el medio, no le hayan dicho a la señora Matzumoto que eso que se
propone realizar no es más que turismo periodístico y que no va a servir para
resolver la situación que se padece salvo para gastarse el dinero del erario y
disfrutar de un buen desayuno, comida o cena. Se advierte que ella no tiene ni
la más remota idea de cómo es el medio, ni de sus actores, ni de sus
mecanismos, ni de sus intereses, y menos conoce la esencia del periodismo, a
partir de la cual tiene que partirse; que no sabe ni siquiera por dónde
comenzar.
No se publica nada sobre el tema,
pero trasciende porque lo comentan los propios afectados: quienes han visto en
riesgo su seguridad personal se han acercado a las autoridades en busca de
protección. La respuesta ha sido práctica, directa, pero demuestra también
impotencia: de plano les dicen que nos les pueden garantizar ninguna seguridad
y a cambio les otorgan un apoyo económico para que puedan emigrar e iniciar una
nueva vida, junto con sus familias, en algún otro lado. Eso es lo que la señora
Matzumoto debiera estar viendo ya y no planeando un buen paseo de dos meses con
cargo al erario.
El último compañero que
desapareció fue Miguel Morales Estrada, reportero gráfico de Poza Rica, de
quien no se tienen noticias desde el pasado 19 de julio. Ya antes había sido
amenazado, pero con suerte apareció
entonces con vida. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), entre otros
organismos internacionales, condenó de inmediato la desaparición y pidió a las
autoridades acciones prontas para dar con su paradero. La referida comisión
técnica, ni siquiera se ha pronunciado al respecto hasta la fecha.
Lo cierto, lo único cierto, es
que la delincuencia organizada se impone y se erige en el nuevo cuarto poder, mientras
que, en el caso concreto de Veracruz, la comisión técnica creada para protege a
los periodistas hace como que se hace, y no será nada raro que al final salga
con un verdadero parto de los montes.
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