Prosa aprisa
El saldo positivo
Arturo Reyes Isidoro
En 1988, viajé a Cuba. Formaba
parte de una delegación que envió el entonces gobernador Fernando Gutiérrez
Barrios. Gobernaba entonces, en todo su esplendor, el comandante Fidel Castro,
su amigo personal, quien incluso lo elevó casi al nivel de héroe de la
Revolución Cubana, merced al apoyo y facilidades que como titular de la
Dirección Federal de Seguridad dio a un grupo de rebeldes encabezados por el
mítico barbudo para que pudieran zarpar de Tuxpan rumbo a la isla para ir a
derrocar al régimen de Fulgencio Batista. Por eso mismo, en la isla, recibimos
todas las atenciones y facilidades no comunes a cualquier visitante. En esa
ocasión, luego de un larguísimo discurso de Castro (hablaba horas y horas sin cesar)
con motivo de un aniversario más del asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio
de ese año, acostumbrado a la instantaneidad de la prensa mexicana, al día
siguiente compré el periódico Juventud
Rebelde pensando que traería íntegro el mensaje del Comandante. Mi sorpresa
fue que no traía nada, ni nota del acto, y la única referencia que tenía yo de
la celebración era lo que había escuchado por la televisión cubana. Días
después, pude visitar las instalaciones de la famosa e histórica revista Bohemia, del periódico Juventud
Rebelde, de Radio Reloj, de Radio Habana Libre y todo un complejo de
telecomunicaciones desde donde prácticamente monitoreaban a todo el mundo. En
los talleres de Bohemia pude platicar
con un trabajador, al que pregunté por qué no habían publicado el largo
discurso de Fidel Castro, y entonces me explicó que en Cuba las cosas eran
diferentes. Me dijo que allí luego de que se transcribieran las palabras, un
equipo especial de redactores lo revisaría y que luego se lo entregarían al
Comandante quien lo leería con toda atención y entonces decidiría qué le iba a
dejar, qué le iba a quitar o qué le iba a cambiar y solo entonces se daría una
versión oficial. Lógicamente, mucho iba a distar lo que se había dicho de lo
que se iba a dar a conocer oficial y públicamente, pero en el fondo se
privilegiaría el contenido y el sentido del mensaje que se quería dar y a quién
o a quiénes iría dirigido. O sea, nada que no se quisiera decir. Eso y nada más
que eso.
En Veracruz, el estilo de
Patricio Chirinos Calero con respecto a su manejo de prensa fue muy especial,
muy diferente a todos los demás gobernadores que ha habido. Además de que era
muy parco para hablar y de que repelía a la prensa, o era muy cuidadoso o era
muy desconfiado (el nuevo Subsecretario Enrique Ampudia Melo, entonces Director
de Gobernacion, debe saber bien qué lo orillaba a ello), pero revisaba
personalmente los boletines de prensa antes de que se dieran a conocer. Cómo
recuerdo lo que se sufría en las redacciones porque además no había todas las
facilidades técnicas ni tecnológicas de hoy, y a veces, o casi siempre, ocurría
que los actos eran a muy temprana hora, se redactaban los boletines y se subían
al despacho de Chirinos o se le enviaban a la Casa de Gobierno para que los
revisara. Sucedía que el hombre o estaba muy ocupado o se olvidaba del material
y generalmente a las once de la noche lo estaba regresando con sus anotaciones
para que se corrigiera y entonces se enviara a los periódicos. Pero prefería
todo eso, que por lo demás lo esperaban a fuerza en las redacciones porque era
inserción pagada, estar seguro de lo que se iba a decir, de lo que se ponía en
su boca, a aventurar cualquier declaración que lo comprometiera.
Hoy, algo pasa en el Gobierno del
Estado que no se cuida ni el contenido ni el sentido del mensaje consignados en
los boletines de prensa oficiales. El viernes, al gobernador Javier Duarte de
Ochoa se le hizo decir, en un boletín
oficial, que luego del paso de la tormenta tropical Ernesto el saldo era
“positivo”, con lo que se le expuso a una terrible descalificación en las redes
sociales, a críticas en los medios y a la reprobación de un amplio sector de la
población, pues era más que evidente que no se podía hablar de saldo positivo
cuando había varios muertos, decenas de veracruzanos con el agua hasta el cuello,
literalmente, miles de viviendas dañadas, afectaciones agrícolas en muchos
municipios, bardas derrumbadas, daños en negocios a orillas de playas, cortes
de suministros de servicios como el del agua potable, daños en carreteras,
árboles caídos, gasoductos destrozados, desaparición del 70% de nidos de
tortugas, puentes derrumbados, desborde de ríos con todas sus consecuencias,
disminución de producción de gas, afectación a las redes de líneas eléctricas y
apagones, deslaves, suspensión de clases, daños a instalaciones escolares, y
más, todo lo cual motivó que incluso el propio gobierno informara que se había
solicitado declaratoria de emergencia para 163 municipios, un contrasentido
pues si había habido saldo positivo entonces no podría haber afectaciones ni
necesidad de pedir ayuda.
En todo eso no se ve dónde estuvo
el saldo positivo, máxime que finalmente todos los daños y afectaciones se van
a traducir en dinero, o sea, se ocuparán, necesitarán y distraerán recursos del
erario público para atender la emergencia cuando se podrían destinar a obras o
servicios públicos pendientes. Las tormentas, depresiones tropicales y
huracanes son fenómenos naturales, previsibles pero incontrolables e
incalculables en sus fuerzas, en su poder destructivo y por lo tanto en las
afectaciones que provocarán, por eso uno se pregunta qué necesidad hay de
calificar algo que es negativo por naturaleza, no atribuible a ningún gobierno
ni a la mano del hombre.
Cobra validez lo que publiqué el
martes de la semana pasada y que transcribo ahora: “Yo mismo estuve muchos años
en el Gobierno del Estado, en el área de prensa oficial, y siempre me pregunté
por qué las autoridades buscaban complicársela cuando de informar en especial
de algunos casos se trataba. Nunca entendí por qué no se era directo y se decía
la verdad, tal cual sucedían las cosas, cuando tenía lugar algo que se
consideraba fuera de lo normal, máxime que no se generaba ningún problema para
nadie y en cambio se despertaba la sospecha si se mentía pues finalmente la
gente se enteraba y bien del asunto que se trataba de desvirtuar o de ocultar.
Esto lo traigo a cuento porque el
sábado un escueto comunicado oficial nos anunció que ‘Una falla mecánica obligó
a que un helicóptero del Gobierno del Estado de Veracruz aterrizara de
emergencia en la comunidad La Rosa, del municipio de Tlaxco, en el estado de
Tlaxcala, resultando ilesos todos sus ocupantes’. Hasta ahí, todo bien. Pero
resulta que al día siguiente, cuando algunos medios dieron a conocer
fotografías que mostraban lo que verdaderamente había pasado, resultó que no se
había tratado de ningún aterrizaje de emergencia sino de un verdadero madrazo
–disculpa lector, lectora, que utilice un lenguaje tan castizo del habla
popular, pero con él no necesito más adjetivos y descripciones, porque todos lo
entendemos, y bien– en el que de milagro el secretario de Seguridad Pública,
Arturo Bermúdez Zurita, y cuatro acompañantes salvaron la vida, pues la nave
quedó semidestrozada y volcada; claro, a menos que se trate de una nueva forma
de aterrizar.
Me preguntó en qué hubiera dañado
la imagen del gobierno si se hubiera dicho la verdad. Por eso luego nace la
desconfianza y la incredulidad… y las especulaciones”.
En el caso de las inundaciones, me
pregunto en qué hubiera dañado al gobierno que se dijeran las cosas tal cual,
sin calificativos, máxime que miles de veracruzanos estaban viviendo y
sufriendo los hechos y bien sabían que no eran positivos. Claro, a menos que
sea yo el que no entiende las cosas.
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