Prosa aprisa
Un paraíso cercano a Xalapa
Arturo Reyes Isidoro
Está a tan
solo 30 minutos de Xalapa (si no hay atasco –dirían los españoles– en el tramo
a Banderilla), subiendo por una carretera rural que atraviesa el municipio de
Jilotepec (también se puede llegar atravesando el municipio de Rafael Lucio), y
sin embargo es tan diferente tanto por su tamaño como por sus características
muy particulares. No se puede decir que sea el Paraíso terrenal, pero cualquier
citadino que sufre mucho los problemas urbanos de su ciudad, como los de la
capital del estado, por ejemplo, bien podría considerar que llega a uno.
Tenía ya mucho
tiempo que no volvía a Tlacolulan. El domingo, invitado a comer al hogar de la
familia del alcalde Vitalino Hernández, enfilé por la tarde con parte de mi
familia y me cuestioné qué tanto hago metido en Xalapa cuando a escasa
distancia existen unos paisajes preciosos para disfrutar así como otros modos
de vida que ya quisiéramos muchos.
De pronto, a
medio camino nos cubrió la noche siendo todavía de día a causa de un grueso y
extenso nubarrón del que de pronto empezaron a salir rayos que bajaban desde el
cielo hasta tocar tierra, con un gran estruendo de los truenos que acompañaban
las potentes ráfagas de luz así como la lluvia que pronto se dejó caer. Pese a
todo, era todo un espectáculo de la naturaleza que no esperábamos.
Ya en el
pueblo, al que había ido en campañas políticas o invitado por la familia Durán
(Angélica trabajó bajo mis órdenes en el área de Comunicación Social en el
gobierno de Miguel Alemán Velasco) pero nunca me había entrado la curiosidad
por adentrarme más en esa comunidad, ahora que sí lo hice, que pregunté, que
vi, que testifiqué, quedé verdaderamente sorprendido por lugar tan modelo y
digno de ejemplo.
Ciertamente tiene
apenas unos dos mil habitantes, rodeado por pequeños cerros cubiertos de una
verde vegetación, y, creo, eso mismo hace que hasta ahora hayan podido
controlar muy bien su modo de vida, su convivencia pese a estar divididos
políticamente, que ponen por encima de todo y de todos.
Unos cuantos
datos para sustentar lo que comento: es un poblado que no tiene cantinas, una
sola cantina, si bien un restaurancito permite que algunos comensales lleven su
botella y se tomen unos tragos o bien en las pequeñas tiendas algunos venden
cerveza o licor, que quien los compra los consume en sus casas, aunque es muy
bajo el índice de alcoholismo.
Vitalino
Hernández, el joven presidente municipal que ya lo fue anteriormente, me
presume, y me pone como testigos a todos los habitantes, que en su anterior
trienio, de 2005 a 2007, nunca hubo un solo detenido por alterar el orden
público o por “faltas a la moral”, que son muy propias de los pueblos, o por
alguna otra causa.
Cuando le
respondo que entonces no hubo ingresos a las arcas municipales por ese concepto
y que disminuyeron los ingresos, me sale con otra sorpresa: salvo el predial,
no cobran ningún otro impuesto, ninguno. Por ejemplo, si bien son pocos los
pequeños comercios que existen, nadie paga porque es una forma de ayudar a los
pequeños comerciantes, y porque, de hecho, eso se volvió ya una costumbre.
La naturaleza
juega a favor de todos los habitantes. Son muchos los nacimientos de agua que
tiene la parte alta del municipio, agua limpia, que la tienen en abundancia, que
por su consumo, sin límite, pagan ¡28 pesos mensuales!, todos, sin distinción
de niveles, e incluso si alguien hace el pago anual entonces le hagan un
descuento del 20 por ciento. Aunque usted… no lo crea.
Otro hecho del
que presumen, aparte de que casi no existe el alcoholismo, es que no registran
un solo caso de drogadicción. En la cabecera todos se conocen, todas las
familias, y por eso mismo saben que ninguna padece el flagelo que ataca en
otras ciudades. Esos dos hechos les dan también un alto índice de seguridad
pública.
Mientras estoy
en el pueblo me presumen y me demuestran cómo todos los vehículos de los
lugareños están estacionados en las calles sin necesidad de ponerles seguro. Me
platican que se conocen tanto que saben quién tiene vehículo y sus
características y que si algún extraño intentara algún hurto, ellos mismos lo
impedirían.
Pero tampoco
hay hurtos porque todos, hasta los más humildes, cultivan el campo, crían
animales, cosechan frutos. Al que peor le va tiene huevos de rancho, gallina de
rancho, guajolotes. El domingo disfruté de un chileatole de pollo, picosito
como lo hacen ahí, mole con pollo, riquísimo, tamalitos de frijol, arroz,
postre de manzana fresca, todo acompañado de agua de horchata porque –confieso
que eso lo extrañé– no hubo cervezas a la mesa ni licor.
Y esto último
no porque sean evangelistas o de alguna religión que se los prohíba, aunque los
hay, pero la mayoría es católica y tienen como costumbre no tomar alcohol. Eso,
me lo adelantaron, lo voy a ver el próximo 8 de septiembre, día de su fiesta
patronal, cuando asista a la corrida de
toros (tienen su plaza portátil). Van todas las familias, es una fiesta
familiar, y salvo el que haya tomado licor en alguna casa a la hora de la comida,
nadie más llegará bebido, me lo aseguran.
“Todos los
años nos visitan vecinos de Xico, aficionados a los toros, y luego luego los
reconocemos porque traen su botella o su bota de cuero con licor”, me dicen.
Aprovechando
invito al Presidente a un festejo para una fecha próxima. De antemano se
disculpa. La causa es que él convive con los habitantes de todas las
congregaciones, así como de las rancherías, en sus fiestas y ese día tiene que
acudir a una en honor a una virgen.
Me platican
los vecinos. Si alguien fallece, todo el pueblo acompaña a los deudos, sin
excepción y sin distinción, y en la noche del velatorio a todos se les ofrece
de cenar, además del clásico café, ponche, pan, etcétera, pero, eso sí, nada de
licor.
Algo que en
particular me llamó la atención, fue la variedad de flores que tienen. Acaso
porque les ha caído la lluvia, las macetas lucen radiantes, llamativas por su
variedad de colores. Es un mosaico digno de admiración, un banquete, me dije,
para cualquier fotógrafo o artista del pincel. Por supuesto, me presumen su
salud y me presumen que ellos no padecen estrés.
En lo
político, ahí sí, no escapan a la generalidad. En las elecciones se dividen en
tres: priistas, perredistas y panistas, pero luego saben conciliarse, aunque
mantienen algunas reticencias. Aquí es adorado José Yunes Zorrilla, el ahora
senador, pero también tiene intereses personales Jorge Carvallo Delfín, a quien
ya señalan de querer imponer candidata o candidato a presidente municipal.
Algo que algún
día ellos quisieran –me dicen– es que los visitara el Gobernador. Están
sentidos porque no ha ido. Lo quieren atender, festejar.
De retorno, me
explico por qué vivió ahí un tiempo el inolvidable diplomático e historiador
don Pepe Iturriaga, a quien atribuyen haber levantado la primera acta de
nacimiento y haber sido quien, como maestro, enseñó a los pobladores a hacerlo.
Me explico también por qué, luego de años y de años en que vivió en el puerto
de Veracruz, que pensé que era nativo de esa ciudad, el ahora ex reportero de Antonio
Velasco decidió regresar a su pueblo natal (con razón un día en Plaza América
de Xalapa me dijo: salí huyendo de la violencia del puerto de Veracruz).
Y de pronto
estoy ya en el tramo Banderilla-Xalapa. ¡Chin! De nuevo los
baches-hoyancos-cráteres, las inundaciones, los embotellamientos, los cláxones,
las mentadas, los retenes, las patrullas llenas de marinos y policías, el
“progreso”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario